Hay personajes en la historia que desconciertan el ánimo de los que los estudian. Intentamos encasillarlos en arquetipos de buenos y malos como extraídos de una novela o del guión de una película. Es más sencillo para nuestra mente, separar los que actúan bien de los que siguen sus bajos instintos y así centrarnos en el hilo de la trama, previendo la intención de sus acciones. Pero en la Historia hay personajes que merecen un estudio más profundo.
Catón el joven fue uno de ellos. Luchó toda su vida contra Cesar, usando el arma que mejor conocía, la política. Desde su puesto de Censor hizo lo imposible por la inevitable subida del que llegó a ser el creador del Imperio.
Si uno repasa este período descubrirá que había dos bandos claros en la contienda y que se resumen en "Aut Caesar aut nihil" (o Cesar o nada). Dos facciones que se odiaban a muerte, visceralmente, y hasta las últimas consecuencias. La primera representada por los tradicionalistas, los defensores del "mos maiorum", aquellos que consideraban que la conservación de las más puras tradiciones era el impulso vital de la civilización romana tal como ellos la entendían, y había que preservarla a toda costa (los boni). Los otros, con una visión clara de cómo las instituciones cimentadas en esas tradiciones habían sido deterioradas por las prácticas corruptas de aquellos que ostentaban sus más altas instancias.
En mi caso considero que harían falta muchos Césares en la actual vida pública, pero eso es tema de otro post. Volvamos a Marco Porcio Catón. Fue el eterno enemigo, el alter ego de Cayo Julio César, haciendo lo indecible por encima y por debajo de lo que consideramos ético o correcto. Podría llegarse a pensar que tan desagradable ser, siempre imbuido en la lucha por la conservación de las máximas tradiciones romanas sólo por el hecho de serlos sin más análisis, mantenía una existencia rodeada de infelicidad provocada por su odio. Sin embargo creo que gracias a la existencia de César, Catón dio sentido a su vida. Sin él, hubiese desperdiciado su existencia, atizada y candente gracias al rencor, pasando por la Historia sin más pena o gloria. Creo que, al igual que César le dijo en una ocasión a sus legiones "vosotros sin mí no sois nada, y yo sin vosotros no soy nada", Catón tampoco hubiera sido nada sin César.
Instigó todo tipo de leyes contra los avances que César intentaba hacer en la vida pública romana. Desmanteló siempre que pudo los intentos de hacer de Roma un imperio moderno y avanzando, desbaratando muchos de los cambios que a fuer de inteligencia y coherencia Cesar diseñaba. El paso del Rubicón fue el triunfo de Catón. Ese acto de Cesar al mando de sus legiones provenientes de Las Galias, de desafío claro y rotundo al Senado y al Pueblo de Roma (SPQR) provocó la confirmación de que las sospechas y predicciones de Catón eran acertadas cuando acusaba a Cesar de su desmedida ambición, y de querer convertirse en Dictador de Roma, es más, en Rey de Roma.
Esto, visto aisladamente, podría darnos una falsa percepción del lo ocurrido. Los constantes intentos de Cesar de realizar esos cambios dentro del mos maiourum fueron permanentemente desbaratados por Catón y sus incondicionales. A pesar de haber seguido el cursus honorum con toda pulcritud, Cesar siempre fue envidiado por su brillantez, su audacia, y sobre todo por ese carisma personal que desprendia, y no hacía más que soliviantar aún más, si cabe, a sus adversarios.
Aún siendo muy joven, sus éxitos diplomáticos en Oriente no sirvieron más que para motivo de chanza y burla de algunos senadores no muy afines a él, llegándose a cuestionar incluso que tales éxitos se debieron al sometimiento de practicas de dudosa heterodoxia sexual, muy practicadas en esas latitudes. Si añadimos a eso la extremada pulcritud en todo lo referente al aseo personal y la higiene que practicaba, llegando incluso a la depilación completa para evitar el contagio de molestos parásitos, los rumores de homosexualidad de Cesar no hicieron más que avivarse. Este hecho, no le pasó inadvertido, y aunque era una práctica admitida en Roma, su reconocimiento publico no era algo que ayudara en el ascenso social o político.
Cesar no se amilanó, y en connivencia soterrada con su madre, su pasatiempo favorito durante algunos años después de este hecho, fue reclinar la cabeza con la cortesía debida en el Senado ante sonrisas burlonas, mientras la noche anterior había compartido lecho y juegos con las mujeres de los Senadores burlones. A tal grado de vergüenza llegaron los Senadores que las burlas y chanzas cesaron tal como llegaron.
Pero volvamos a lo que nos ocupa, una vez cruzado el Rubicón no había vuelta atrás. La guerra civil dio comienzo. Roma se vio envuelta en una lucha fraticida entre los defensores de la República, Pompeyo Magno, Cicerón, Catón, entre otros, y los leales a César y a los nuevos tiempos de una dictadura. Hay que reseñar que el concepto dictadura, que "per se" es rechazable, no lo era así en el siglo I antes del nacimiento de Cristo. Era una figura, la del dictador, contemplada en el ordenamiento jurídico romano, y creada especificamente para momentos de convulsión social. El propio pueblo exigia al Senado el nombramiento de un Dictador que durante seis años se hiciera cargo de los asuntos de Roma, para que sin el encorsetamiento de los trámites legales habituales, tomara las medidas necesarias de forma inmediata y efectiva. Veánse las sucesivas dictaduras de Sila unos años atrás.
Durante tres años se estableció un juego del gato y el ratón. César fue acosando y persiguiendo por todo el Imperio a los leales a la República, dándoles caza en Grecia, en Egipto y en el Norte de África. Su política de guerra era la derrota y el perdón. No consintió el revanchismo, y dio oportunidad a todos los que iba derrotando a aceptar e integrarse en el nuevo régimen y olvidar actos pasados. Algunos decidieron que era lo mejor, otros, en cambio, optaron por el destierro o el suicidio antes de verse en manos de quien consideraban el mismo diablo. Muchos suicidas hubiesen podido llevar largas vidas junto a sus familias y propiedades en Roma de haberlo sabido, pero el fanatismo imbuido en sus mentes hacia la figura de César, no les permitió ver más opción que esa. Catón fue uno de los grandes responsables de ese concepto. Su propia personalidad extrema, sin capacidad de distinguir el variado cromatismo de las acciones humanas, le llevó a hacer creer, y creer él mismo, que César era el lobo despiadado por él tantas veces narrado en el Senado.
Caso especial fue el de Pompeyo Magno. Digno hijo de Pompeyo el Carnicero, muy joven se apodó así mismo "Magnus", sobrenombre, que en mi opinión le venía demasiado "Grande". No pudo negársele nunca su valor y su arrojo en el campo de batalla, pero su personalidad egocéntrica y su falta de inteligencia creo que no le hicieron nunca merecedor de tal sobrenombre. Sirvió de marioneta perfecta a los intereses de Catón y Cicerón que mediante halagos le hicieron cabeza de las fuerzas que habría de detener a las legiones de Cesar. A pesar de todo César lo consideró siempre un amigo, conociendo de él sus limitaciones y valía, y aceptándole tal cual fue. Siempre le profesó una sincera amistad y cariño, incluso en los momentos más difíciles de la guerra.
Pompeyo, despues de la aplastante derrota en la batalla de Farsalia (acontecimiento que merece otro post aparte) huyó a Egipto temiendo caer prisionero y sufrir la ira de César con la esperanza de poder reagrupar su ejército en la Provincia de África. Vana ilusión, ya que las legiones iban adhiriéndose a la causa de César a medida que iban siendo derrotadas. Si Pompeyo hubiese sabido que quedándose en Grecia con sus derrotadas legiones no hubiese conseguido más que el perdón de Cesar, otro destino le hubiese aguardado, muy diferente al que le esperaba. Desembarcó en Egipto pero no como un Cónsul romano con Imperium, sino como un proscrito al amparo de la noche en una playa cercana a Alejandría. Al poco de sentir las arenas del desierto bajo sus pies, y sin más contemplaciones fue ejecutado y decapitado por orden expresa de Ptolomeo XIII, hermano de Cleopatra, que así pretendió ganarse el favor de César. Cuando César llegó a Egipto lloró amargamente ante la visión de lo que de su amigo quedaba. Su ira contra Ptolomeo fue indescriptible, y sin duda en plena guerra civil no podía permitirse descargarla como hubiese querido. Posiblemente si se hubiese dejado llevar por sus sentimientos, hubiese arrasado con Ptolomeo y con su dinastia no dejando en la tierra más que los despojos de su cadaver crucificado al cuidado de los buitres.
La guerra civil continuó, y fue reduciéndose su círculo hasta la Provicia de África, cuya capital, Útica, alojó a las últimas tropas leales a la República que quedaban, comandados por Catón. Es aquí donde se desarrolaron los acontecimientos que hoy me llevan a escribir este post. En Útica, como si de una tragedia griega se tratara, se iba a poner en el escenario el definitivo desenlace de esta historia.
La batalla de Tapso fue decisiva. Metelo Escipión, y su aliado el Rey Juba de Numidia, al mando de las tropas fueron literalmente masacrados por las legiones de César. Merecedora de otro post no ahondaré más en los entresijos de Tapso, pero os aseguro que se produjeron acontecimientos dignos de reflexión.
Los ejercitos de África estaban desarbolados. No quedaba resistencia al avance de César y sus legiones. Sólo le quedaba entrar en Útica, donde Catón aguardaba el final de la contienda. Desde allí esperaba y contemplaba el desastre, acompañado por su hijo y los leales que aún quedaban a la causa republicana, o, en muchos casos, a la conservación de su propia vida. De nuevo la frase de César retumbaba en la mente de Catón, aquella que tanto le había martirizado durante los años de guerra, aquella que hizo que su esquema de vida se viniera abajo, aquella que destruyó lo más sagrado para Catón, el orden social romano tradicionalista basado en la conservación más ferrea del mos maiorum, aquella que César pronunció al cruzar el Rubicón, Alea jacta est (la suerte está echada).
La noche antes de la entrada de las tropas en la ciudad Catón reunió a los suyos, para cenar. El ambiente era pesimista y no se vislumbraba más que resignación ante el inevitable destino. Las noticias de Tapso y Meteleo Escipión no eran favorables. Su ejército fue inmisericordemente arrasado, práctica no habitual hasta ahora en la conducta de César. Un halo de pesismismo lo circundaba todo.
Fue una cena relativamente agradable. Los comensales vestidos con sus túnicas compartieron viandas y conversación en un tono de monotonía y peocupación. Catón, en un momento dado se levantó, y dirigiendose a todos pronunció unas palabras graves y serenas en las que presagiaba el fin de todo aquello que durante toda su vida había defendido: Roma. Pero Catón, ataviado con su túnica senatorial, habló con su hijo Calvino sobre todo de filosofía, de Sócrates, de Platón, y del sentido de la vida y del alma misma.
Calvino, se debatía en la duda sobre las intenciones de su padre, ya que saltaba entre el destino del alma y la preocupación por los que embarcaban en el puerto huyendo de su destino. Dudaba, no quería pensar en el posible suicidio de su padre. Ordenó a su criado, Prognantes, que se deslizara hasta el aposento de su amo, cogiera la espada y la escondiera. Así lo hizo.
Una vez terminada la cena, se retiraron, y Catón descubrió la ausencia de su espada. A gritos llamó a sus criados reclamándola. Los criados, siguiendo las órdenes de Calvino, parodiaron su búsqueda, y Catón viendo la chanza los hizo reunir en el atrio. Prognantes se llevó la peor parte ya que su mandíbula fue rota por un puñetazo de Catón que hizo que se le rompiera la mano.
Calvino discúlpandose después de contemplar la escena, confesó sus temores a su padre. – Hijo-, le dijo, - no quiero mi espada para quitarme la vida, la quiero para recibir a César como un romano, no como un lacayo-. Calvino accedió y la espada le fue devuelta. Acto seguido, le dijo a Cleantes, el médico, que le entablillara como pudiera la mano y se fue de nuevo a sus aposentos.
Qué pensaría Catón en esos angustiosos momentos de soledad, sólo a él le pertenece y la Historia lo ha digerido devolviéndolo en especulaciones. Asió su espada todo lo fuerte que su mano entablillada la permitía y la colocó bajo su caja torácica para hundirla hasta el mismo confín de su llanto, pero las fuerzas de apoyo de la mano no le acompañaron, y sólo consiguió abrirse el vientre en un esfuerzo desgarrador por terminar de una vez con la eterna agonía de su alma a cambio de la breve agonía de su cuerpo. Su cuerpo cayó desparramado de interiores sobre el suelo y un inevitable grito de agonía se le adelantó a la garganta mientras se desangraba con los ojos tornados en angustia.
Los lamentos hicieron que Calvino acompañado del médico acudieran a la escena. En un rápido acto reflejo pudo sentir como aún respiraba y Cleofantes sin perder tiempo comenzó a colocar como pudo el rompecabezas de órganos desparramados como si de en una caja se tratara. Cosió con pulcritud el extenso corte en pequeños puntos mientras Catón permanencia ajeno al hecho. Fue colocado sobre el lecho. –Cuando despierte-, dijo, -su agonía será terrible-. Sólo restaba esperar.
Al cabo de un rato, Catón abrió lentamente los ojos, y antes que su boca pudiera emitir sonido alguno, su hijo gritó –está vivo, Catón está vivo!-. Lo siguiente fue el lamento profundo y desgarrador de un alma en pena que aguarda a las puertas del infierno. Entre lamentos desgarradores y con los ojos saliendo de sus órbitas, Catón, comenzó a deshilbanar la minuciosa tarea del médico sin contenplaciones. A medida que la herida se ensanchaba iba sacando sus visceras de nuevo al aire de la noche. Los asistente estupectafos por la escena quedaron inmóviles contemplándola como estatuas de sal. Todo había acabado. Ni en si vida ni en su muerte, Catón consentiría la intromisión de nadie. Lloraron amargamente.
Fue incinerado en la plaza principal de Útica, con una ceremonía que el propio Catón jamás hubiera aprobado para si mismo. Poco después César llegó a la escena de los hechos a lomos de Genitor. Descabalgó junto a Calvino y le preguntó.
-César, ya lo conociste en vida, no consintió nunca la intromisión de nadie en la pauta de su destino. Se quitó la vida antes de dártela a ti.-
-Nunca la hubiera tomado, Calvino-, replicó Cesar. – Yo quería un Senado con Catón en él.-
-Dejó esta nota para ti, César,-
Mirando hacia la plaza con gesto pensativo alargó la mano hacía atrás para cogerla. Sin dejar de mirar hacía delante desenrrolló con cuidado el pergamino y asiéndolo con las dos manos comenzó a leer:
“Nunca deberé mi vida a un tirano, a un hombre que se burla de la ley perdonando a otros hombres, como si la ley le otorgara el derecho a ser su amo…”
César arrugó y tiró a un lado el pergamino ante la mirada curiosa de Calvino.
-Me cuesta aceptar tu muerte, Catón, del mismo modo que a ti te costó entregarme tu vida. ¿Qué harás ahora Calvino?-
-Solicitaré el indulto, Cesar, yo no soy mi padre.-
-Concedido... igual que él hubiera sido indultado.-